Así es Paul Romer, ganador del Premio Nobel de Economía: un premio a la heterodoxia

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Paul Romer en una conferencia en Washington. EFE

Por PABLO PARDO. Corresponsal en Washington

9 OCT. 2018 02:10

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¿Y qué tal si tratamos de arreglar la crisis de las pensiones sin recortar lo que cobran los jubilados normales, pero haciendo que los más ricos no tengan derecho a percibirlas?

Ésa es una idea de Paul Romer, que acaba de ganar el Nobel de Economía junto con William Nordhaus. Así lo expresó en 1995 al autor de estas líneas durante una visita al Instituto de Empresa, “el Estado no tiene por qué garantizar la jubilación de los estratos más altos de la sociedad -por ejemplo, de los profesores de Stanford, que cobramos buenos sueldos y que estamos casados con mujeres que también trabajan-. Eso permitiría destinar recursos adicionales hacia la educación”.

Hoy Romer no está en Stanford, en California, sino en la Escuela de Negocios Stern, de la Universidad de Nueva York, no muy lejos de la Universidad del Estado de Nueva York (CUNY, según sus siglas en inglés), en la que da clase quien fuera ayudante de investigación de Nordhaus y, posteriormente, admirador tanto de él como de Romer: Paul Krugman, posiblemente el Nobel más controvertido de la Historia. También en la misma ciudad está, en Columbia, otro enfant terrible del club del Nobel, Joseph Stiglitz. Los tres formarían un buen trío de polemistas, aunque Romer es mucho más propenso a la discusión seria que Krugman, al que lo que de verdad le va es criticar a los republicnaos de EEUU, y que Stiglitz, que ha asesorado a Podemos y tiende a poner de vuelta y media a sus ex colegas del Banco Mundial, y, en general, a quien se le cruce.

Aunque la obra de Romer no es tan fácilmente resumible en una frase como la de Nordhaus, su ambición es todavía mayor. Su tesis es que tanto la economía neoclásica (para entendernos, de derechas) como la keynesiana (siguiendo el mismo patrón, de centroizquierda) están ancladas en las ideas de los años treinta: el estudio de la inflación, de las recesiones, y de la política monetaria y fiscal.

Eso está bien solo hasta cierto punto, sostiene Romer, y es, en realidad, una muestra de la vagancia intelectual de los economistas, porque ignora una serie de factores que en el largo plazo tienen más impacto en la economía, como la regulación, el marco legal, las subvenciones, la educación, la ideología política y social dominante, y el cambio tecnológico, en la economía en el largo plazo.

Es una idea innovadora en la que, al igual que Nordhaus, Romer ha empleado las herramientas económicas tradicionales, aunque ahí también ha criticado el abuso de las matemáticas por sus colegas. Unos colegas contra los que el nuevo Nobel ha arremetido en ocasiones sin piedad. Su última víctima fue su propio director de tesis, el economista neoclásico y representante de la Escuela de Chicago, Robert Lucas, al que atacó duramente en 2015, justo antes de irse al Banco Mundial como economista jefe.

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Y ahí precisamente se demuestra algo acerca de lo que no parece haber discusión: el poder predictivo de que a uno le echen del cargo de economista jefe del Banco Mundial para que le den el Nobel. En enero de 2000, Stiglitz dejó la institución dando un portazo monumental. Veintiún meses más tarde, ganó el Nobel. En enero de 2018, Romer hizo lo propio, tras acusar al Banco desde todos los ángulos: desde su presunta falta de innovación intelectual (el pecado capital de los economistas, según el nuevo Nobel) hasta el estilo literario de sus análisis económicos, pasando la presunta politización de sus informes. Nueve meses más tarde, Romer se ha convertido, a sus 62 años, en ganador del Nobel de Economía

Tomado de El Mundo.com

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