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Gabriel García Márquez, durante su visita a la Escuela Internacional de Cine de San Antonio//El País.com

Una escuela particular

Es frecuente oír nombrar a la EICTV como “la escuela de García Márquez”. Título excesivo, pero no impropio. Como presidente de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano (FNCL), Gabo representaba a un movimiento de creadores que había parado en la cabeza la forma y el fondo del cine de la región. Movimiento que entendía que una de sus misiones estratégicas era crear las condiciones para la formación de nuevos cineastas que continuaran la revolución emprendida, con el cual el eterno enamorado del cine se identificaba ética y estéticamente. En esa condición, pero empleando además su enorme prestigio y su honda amistad con Fidel Castro, Gabo fue determinante en la creación de la Escuela. También fue determinante, como es obvio, el propio Fidel. El Gobierno cubano donó el terreno, construyó y modificó las instalaciones, aportó equipos, dotó y sostuvo el pequeño ejército de trabajadores y técnicos, y mucho más. La última pata del trípode estuvo a cargo de los cineastas cubanos, encabezados por Julio García Espinosa. Para poner en marcha el proyecto, el primero y más importante ejecutado por la FNCL, se llamó al legendario cineasta argentino Fernando Birri, profeta del nuevo cine. Así nació, en diciembre de 1986, esa escuela absurda (si se la compara con la multitud de las convencionales), que llena, de manera anárquica y más bien irreverente, sus paredes con los grafitis de sus más cálidos visitantes. Absurda, porque su noción interna de libertad le permite incluso mantener abierta, 24 horas diarias, una cafetería-bar donde cualquiera, profesor, trabajador, estudiante, visitante, puede tomarse una cerveza a las cuatro de la mañana, sin que nadie se escandalice.

Donde la palabra “discriminación”, en cualquiera de los sentidos en que pueda emplearse, es ajena al vocabulario de todos. Donde la disciplina es, principalmente, un asunto individual, autorregulado, y se conjuga con el sistema antiescolástico de enseñanza, en una combinación tan contradictoria que hizo afirmar al profesor británico Mamoun Hassan que la EICTV había encontrado “el equilibrio imposible entre la disciplina y el caos”. Un lúcido manicomio donde se habla solo de cine 24 horas al día.

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Leopoldo Pinzón.

Lo que se hereda…

Bien mirado, el espíritu a la vez riguroso y libertario de la EICTV puede calificarse como herencia de Gabo —aunque no haya sido el único progenitor. Herencia que proyectó con amplitud y firmeza, en su calidad de presidente de la FNCL (y también como docente irreemplazable en su curso anual de creación dramática “Cómo se cuenta un cuento”) hasta su muerte. Que fue parte de ese indeclinable amor al cine lo prueba, de manera reciente, la correspondencia entre el exredactor de El Espectadory su amigo Guillermo Cano, publicada en las páginas de este diario. Y que explica por qué su nombre no aparece en las paredes sin par; porque, de una manera metafórica pero irrefutable, esas paredes, en toda su magia, en toda su profundidad, son él.

Tomado de El Easpectador-com

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