El Vergel, declarado resguardo indígena en 1983, tiene una población de 396 personas que viven en cuarenta casas. Valentina, tras contactar al curaca —líder de esta comunidad— y pedirle permiso, entrevistó a 12 indígenas y exploró seis chagras de distintas familias.

A los primeros les preguntó cómo manejaban las chagras, qué ritos tenían y cómo recordaban que las cultivaban sus padres y abuelos. En cuanto al segundo aspecto, midió el tamaño de las chagras, con un GPS, y contó el número de especies de plantas cultivadas en cada una.

Lo fácil, por así decirlo, fue descifrar qué tanto habían cambiado las chagras físicamente. Antes de 1970 el promedio de una chagra era de tres a cinco hectáreas, pero ahora miden de 0,06 a 0,034 hectáreas. Además, los abuelos recordaban chagras que duraban produciendo cultivos entre 24 y 36 meses, y en las que se sembraban hasta 125 especies de yuca. En las de ahora, el escenario es otro: los tiempos de producción se redujeron a dos y 15 meses, y las especies de yuca apenas llegan a 11.

¿Por qué? Valentina encontró varias razones. “Las chagras pasaron de tener una razón de subsistencia a una comercial, interesada en producir más rápido. Además, con la llegada del turismo y la educación, el rol en la chagra se empezó a compartir con otras actividades, como ser guía turístico o ir al colegio”, comenta. “Pero lo importante es que han seguido existiendo, aunque se reconfiguró su uso”.

Entender cómo ha cambiado el tiempo que se le ha dedicado a estos espacios se puede resumir en la respuesta que le dio un indígena a Valentina: “A veces mis hijos no pueden venir conmigo a la chagra porque tienen tarea de la escuela, pero los fines de semana sí vienen a ayudarme”.

La chagra es un concepto difícil de entender “incluso para mí”, comenta la investigadora. Pero el estudio hace el siguiente intento por describir su ciclo: “Se selecciona el lugar, se hace la limpieza del terreno, la tala, la siembra, el cuidado, la cosecha, la segunda siembra, el período de barbecho, el abandono y, en última instancia, el retorno del sitio a los dueños espirituales de esa tierra”.

Pero este ciclo también se ha venido transformando. “A nivel de cosmovisión, las chagras han cambiado su significado en la manera como conectan con el territorio”. Los rituales para pedir permiso y devolverlo a sus dueños espirituales no siempre se hacen y a los suelos, muchas veces, no se les deja descansar.

Todo esto, sin embargo, quiere decir que la chagra sigue viva. En esto concuerdan los tres autores del estudio, ya que en este también participaron Julián Idobro, profesor de los Andes, y Sebastián Restrepo, quien fue el director de su tesis de la Javeriana. Las chagras han tenido la capacidad de transformarse y sobrevivir. Se han adaptado a los cambios, lo que las convierte en un ejemplo de cómo el conocimiento ecológico tradicional y su uso de la tierra tiene varias pistas de hacia dónde debe dirigirse el desarrollo sostenible del Amazonas.

“Cuando el Gobierno toma decisiones como cero deforestación en el Amazonas o hacer un uso sostenible de la selva, primero debería ir allá y entender cómo han afrontado los cambios ellos”, señala Valentina.

Tomado de El Espectador.com