Una clase de periodismo con el profesor Gabo

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ABR 25 2014 / hace 5 años
Juan Pablo Díaz Quintero y sus compañeros de medios de Colombia, Italia y España rodeando a su maestro, Gabo.

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A Juan Pablo Díaz Quintero, un premio Simón Bolívar lo llevó a recibir lecciones del Nobel de Literatura.

Predestinación: Ordenación de la voluntad divina con que ‘el eterno’ tiene elegidos a quienes por medio de su gracia han de lograr la gloria. Es este tal vez el concepto que explique lo que llevó a Juan Pablo Díaz Quintero, periodista residente hace 17 años en el Quindío, a cumplir el sueño de su vida cuando un día de 1995, le avisaron que había sido el ganador del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, para periodistas menores de 25 años, categoría crónica de radio, y gracias a ello conocería al mayor referente de su vida profesional, Gabriel García Márquez. Aunque fue galardonado estando desempleado, poco tiempo después, por aquella carámbola del destino, entró a trabajar en Buenos Días Colombia, propiedad de la casa editorial del diario El Espectador, génesis de los noticieros de la franja de la mañana, donde fue compañero de Claudia Gurisatti, Jorge Alfredo Vargas, María Teresa Ronderos y Jorge Enrique Botero, el periodista que encontró las cárceles de los soldados de la guerrilla en la selva.La historia premiadaSi bien Díaz Quintero añoraba conocer al orgullo literario de Colombia, había una obsesión que lo desvelaba: encontrar a un preso colombiano en una cárcel venezolana para contar su historia. Logró entrar en Mérida, Venezuela, y luego de tres intentos, a un presidio donde localizó al que sería el protagonista de la historia que lo llevaría a conocer a Gabo. Allí estaba recluido un hombre que pagaba una condena por homicidio y simultáneamente adelantaba una carrera en ingeniería industrial. ‘Jorge Agudelo, colombiano: un preso juicioso en Venezuela’, fue el título de la crónica radial que fue exaltada.“Lo más difícil fue ingresar a la cárcel. Los bolívares me ayudaron a entrar porque había manos uniformadas que pedían dinero para abrir puertas. En Venezuela se hablaba mucho sobre el maltrato que sufrían los presos colombianos”, rememoró el periodista, quien además destacó que esa fue la historia que le brindó la oportunidad de vivir una variedad de anécdotas en Cartagena de Indias, al lado de García Márquez.
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La Fundación de Gabo:fnpi

Encuentro con el Nobel

El premio consistía en una beca que se debía cumplir en el término de un año para asistir a los talleres de la fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano cuyo fundador y director era Gabriel García Márquez. Capacitaciones en diversos géneros periodísticos fueron dictados por expertos. Uno de los seminarios, justamente, fue impartido personalmente por el maestro durante los primeros días de diciembre del año 1995.

Así, trece talentos del periodismo esperaron con ansiedad a que el Nobel llegara a la sede del Centro de Formación de la Cooperación Española en Cartagena de Indias. La expectativa era más sofocante que el calor. De repente, apareció Gabo con todo su garbo y rompiendo con el asombro de los presentes los saludó a todos amablemente, estrechando sus manos en una muestra de afecto y calidez inesperada. Lágrimas corrieron por las mejillas de varios, mientras otros contuvieron el aliento.

De esta forma, empezó la experiencia. “Conocer a ese maestro de las grandes letras, de los libros que nos conmocionaron, con los cuales nos formamos como estudiantes, gracias a los cuales nos gustó la literatura y el arte de escribir, fue para todos un momento increíble, y el solo hecho de decirle maestro, al maestro, fue un orgullo insuperable”, evocó Díaz Quintero, quien compartió el momento junto a informadores de El Tiempo, El Colombiano, El País, Vanguardia Liberal, El Universal, medios locales de la costa y de los diarios internacionales, Corriere Della Sera de Italia y El País de España.

Lección de periodismo

El taller dictado por Gabo —quien generalmente estaba ausente de la fundación a la que dejaba bajo la dirección de su hermano Jaime García Márquez y de Jaime Abello— tuvo el fin de abordar el caso del italiano Giacomo Turra, muerto en extrañas circunstancias en ‘La Heroica’. Los periodistas tuvieron que reconstruir los pasos de la víctima para aportar indicios que contribuyeran al esclarecimiento de la investigación que había generado una crisis diplomática entre Colombia e Italia.

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Foto:Centro Gabo

Reportero como cualquier otro 

Uno de los recuerdos más vívidos  de Juan Pablo fueron los diversos recorridos que realizaron junto a Gabo en su BMW blindado, con cinco escoltas detrás, en busca de las fuentes claves de la investigación, golpeando distintas puertas como ciudadanos comunes, ante el asombro de la gente que reaccionaba con excedido entusiasmo por la presencia del Nobel, que asumió su rol como un reportero más.

El grupo salió durante cinco días a las calles y logró avances significativos como el interrogatorio a los policías que durante 27 minutos tuvieron al italiano esposado, que al parecer lo mataron y armaron la escena con la bolsa de cocaína encontrada en su cuarto de hotel.

Gabo hizo lo que más le gustaba, la reportería.

El regaño del maestro

“Empezando el taller el maestro me regañó en una actitud casi furiosa”, recordó Díaz Quintero. “Lo primero que hizo fue preguntar si alguno sabía qué veníamos a hacer y yo de afiebrado levanté la mano diciendo que era sobre el caso de Giacomo Turra. Gabo se sintió ‘chiviado’. Me preguntó airado que cómo me había enterado, y yo le dije que mi olfato periodístico me había sugerido que se trataba de ese tema y que había tenido la oportunidad de estar con la cúpula de la Fiscalía en un partido de fútbol con los periodistas judiciales, lo que me llevó a indagar cómo iba el proceso judicial al respecto. El maestro guardó un sabio silencio”.

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El profesor Gabo

Gabo era el máximo saber en el taller y nadie podía contradecirlo o hacer aportes inútiles sobre las discusiones, revivió Juan Pablo. “Su actitud era muy difícil, y su genio volado. Recuerdo que un fotógrafo joven, del periódico italiano, se dedicó a tomarle fotos a Gabo de día y de noche. Esto excedió los ánimos del maestro hasta el punto de convertirlos en ira para decirle: ‘Ven italiano, acompáñame al baño que voy a orinar y necesito que me tomes la foto. ¡No se qué carajo vas a hacer tú con tanta foto!’. Todos guardamos silencio”.

La prepotencia del Nobel era comparable con su profesionalismo. Fue enfático en que el trabajo de reportería, de calle, de investigación, en la precisión de los datos y las fuentes era lo más importante y que para eso estaba allí, para salir con los periodistas a descubrir la verdad, a pesar de las adversidades.

Gabo y el periodismo

“Eeeche, el periodismo es la manera más digna de aguantar hambre porque un periodista tiene la oportunidad de estar al lado de los más poderosos y seguir siendo un sujeto común, que en su momento puede no tener para el almuerzo”, es una de las frases de Gabo que Díaz Quintero invoca cada vez que recuerda como en la época en la que trabajaba en la Casa de Nariño, fue invitado a la fiesta de despedida del gobierno de César Gaviria con la presencia de la crema y nata de la sociedad. “Mi preocupación era que no tenía para irme a casa esa noche, pero estaba feliz bailando cumbia con la esposa del entonces polémico embajador de EE.UU. Myles Frechette.

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Los notarios de la realidad

La mayor parte del taller fue escuchar las historias de Gabo, sus métodos de trabajo. Decía: “La reportería es la esencia del periodismo, buscar el mínimo detalle nos permitirá encontrar una buena noticia. Las historias transforman y permiten que los periodistas nos convirtamos en notarios de la realidad, todos los días tenemos ese reto social”. 

Y añadió: “El periodismo no es para hacer enemigos, sino amigos. Hay que trabajar con pasión y tener una lectura más allá de las cosas, ser observadores, analíticos e interpretar de la mejor forma posible la realidad”.
Luego de una semana al lado del Nobel, el designio del destino se cumplió y el taller se clausuró. Al finalizar, una anécdota rubricada: “Todos queríamos una firma de Gabo pero pocos tenían un libro. Salimos a buscar alguno, pero todas las librerías estaban cerradas. Tuvimos que comprar piratas. El maestro se dio cuenta y dijo: ‘Estos piratas hijueputas me tienen jodido pero eso no importa, lo que importa muchachos es que a ustedes les guste leer’. De esto tengo la firma de mi maestro favorito”, certificó Juan Pablo.

Por María Isabel Meza Vélez

Tomado de La Crónica del Quindío.com

 

 

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