Alfredo Molano: “Carta a Antonia”

893 0
01 tem n 2ph01 20191031023303 - Alfredo Molano: "Carta a Antonia"

En 2016, el año en el que se firmó el Acuerdo de paz con la extinta guerrilla de las Farc, Molano le escribió una carta a Antonia, su nieta mayor, en la que le contó sobre la guerra que presenció y sobre la ilusión que tenía por una nueva época de paz para Colombia. / Nelson Sierra G.

ANTE EL PROCESO DEL PAZ
Por Alfredo Molano Bravo

El 25 de junio de 2016, Alfredo Molano publicó este texto a propósito de la firma del Acuerdo de Paz entre la guerrilla de las Farc y el Gobierno de Juan Manuel Santos. Revivimos sus palabras a propósito de ese suceso.

c9a3b8a3e679d30488b38a4add0c2c00 - Alfredo Molano: "Carta a Antonia"
Pinterest

Mi amor,

Mi primer recuerdo de Bogotá —porque sabes que nací detrás de ella— fue un cielo rojo que no era de atardecer sino de llamas. El centro de la ciudad había sido destruido e incendiado por el pueblo furioso contra el Gobierno, al que culpaban del asesinato de su jefe, Jorge Eliécer Gaitán. Yo no había cumplido cuatro años. En La Calera, el alcalde civil y militar, general Amadeo Rodríguez, fusiló en el cerro de las Tres Cruces a unos campesinos que acusó de rojos. Días después, me llevaron a ver el humo que aún salía de las ruinas de casas y edificios en la carrera Séptima. No sentí mi propio miedo, pero sentí el de la gente que miraba. Después, un poco más grande, frente a la Alcaldía de Chicoral —un pueblo de Tolima donde veraneábamos—, vi tirar de una mula el cadáver de un campesino. Fue como oír caer un bulto de ojos quietos y cuerpo ensangrentado. Tarde mi mamá me tapó los ojos.

 

1ec7ef2641ad85a8c19aa5d63faeabe8 206x300 - Alfredo Molano: "Carta a Antonia"
Pinterest

 ¡Y desde esos días he visto tanta sangre y tanta violencia! En las carreteras había soldados que a gritos hacían bajar de los buses a los pasajeros para esculcarlos. A mí me daba rabia que no me esculcaran y me trataran como a las mujeres, a las que tampoco hacían bajar. Un día que íbamos hacia Santandercito, en el salto de Tequendama un camión del Ejército golpeó la camioneta en que paseábamos a mi abuela. Rompió la puerta, el espejo, los vidrios. Mi papá, furioso, se bajó a revirarles a los soldados y estos lo golpearon con las chapas de sus cinturones.

En Ibagué, donde teníamos familiares, mis tíos comentaban lo que sucedía en un pueblo cercano llamado Rovira: les cortaban la cabeza a los rojos y los rojos se estaban armando contra el gobierno azul. Tendría entonces tu edad. En San Martín, Meta, que conoces, el mayordomo de unas tierras que mi familia tenía contaba cómo ametrallaban los hatos desde aviones del Gobierno y mataban gente, reses, perros, gallinas. Lo que se moviera. No lo vi, pero vi temblar de rabia al hombre que lo contaba.

En la iglesia de La Porciúncula, donde me llevaban a oír misa mientras yo miraba los zapatos de los fieles, un día, la Policía tiró bombas lacrimógenas adentro. La estampida de la gente, sus caídas corriendo, me hicieron oler por primera vez el terror. Después, también, el júbilo del pueblo con banderas por las calles cuando Rojas Pinilla cayó. Mi papá hablaba de los estudiantes como si fueran héroes de la patria.

En la universidad quise serlo. Queríamos bajar a piedra el cielo a la tierra.

160212143939 camilo torres cura 624x351 fototomadadellibrocamiloelcuraguerrilleroconpermisodelautor nocredit 300x169 - Alfredo Molano: "Carta a Antonia"
FOTO TOMADA DEL LIBRO CAMILO EL CURA GUERRILLERO CON PERMISO DEL AUTOR Image caption Camilo Torres (derecha, abajo), con un grupo de guerrilleros, en diciembre de 1965.

Y entonces apareció Camilo… Y desapareció, y lo mataron y siguieron otras muertes y otras. Muertes de compañeros de cafetería, conocidos que murieron para que nosotros no muriéramos. Pero muchos lo hicieron con el morral al hombro y el fusil en las manos. Muchachos tan generosos como los que después me encontré en las costas del Guayabero, que no les temían ni a la noche oscura ni a los ríos crecidos. Fue cuando comencé a escribir sobre ellos y sobre su gente. Escribí deslumbrado, alucinado. No paraba de escribir sobre un país que no se conocía, y de conocerlo, por supuesto.

No eran venidos de otro mundo, no habían caído en paracaídas. Habían llegado huyendo, comiendo mico, tumbando selva. Se defendían y defendían a sus viejos y a sus críos. Por eso me dio tanta alegría ver a esos muchachos —hoy ya no tanto— enterrando la guerra, derrotándola. Dejando el poder de las armas en manos del Estado, confiando en que no volverá a ser usado contra ellos, contra el pueblo —el pueblo existe, Antonia, y así hay que llamarlo—, ni para defender a unos pocos bolsillos de por sí llenos.

Te confieso que he sentido esa alegría plena —esa que llena el pecho y eriza el cuero— tres veces: cuando los guerrilleros del M-19 salieron en avión para Cuba después de haberse tomado la Embajada de República Dominicana, cuando se firmó la Constitución de 1991, y el jueves pasado, cuando las Farc y el Gobierno le dijeron al mundo: Es el último día de guerra en Colombia.

Tú eres el puente entre mi nieto mayor y los menores. Cuéntales a todos lo que ustedes nunca vivirán.

Tomado de El Espectador.com

Related Post

Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *