LOS VESTIGIOS DEL INFIERNO. O El trabajo los hará libres. “ARBEIT MACHTFREI”

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Enero 27 de 2020

Sachsenhausen,

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Por : María Isabel Urrea Reyes.

Todos sabemos lo que sucedió en  el holocausto, pero una cosa es leer, mirar fotografías y videos y otra muy distinta  entrar a un Campo de Concentración. Sachsenhausen , a una hora en tren al norte de Berlín, llegando  a la localidad de Oranienburg, recorrí, en silencio y profundo respeto el mismo camino de quienes nunca jamás regresaron. 

Sachsenhausen fue construido en 1936 y fue el campo de concentración ejemplo de otros de cómo se debía ejecutar el sacrificio más siniestro y peligroso de la razón humana, puesta al servicio de las fuerzas oscuras, con la  justificación del progreso de Alemania y del miedo al comunismo.

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Allí, llegaron opositores políticos, gitanos, comunistas, judíos, negros, prisioneros de guerra, testigos de Jehová y enfermos mentales engañados que tenían trabajo, rehabilitación, alimento y vestido. Hitler, convenció a Alemania del peligro del comunismo y justificó que, ellos, eran inferiores y peligrosos para una sociedad, asegurando que la afeminada ética judeo-cristiana debilitaría a Europa. Los medios de comunicación lo apoyaron y las masas lo aplaudieron. Mientras tanto el experimento de los campos de concentración avanzaba con el éxito de la  brutalidad conduciéndolos a la muerte. Debían ser entonces extinguidos y aniquilados de la forma más cruel que se hubiese podido imaginar precedida de vejámenes, desgarradores gritos y torturas.  

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Entrando al campo, la frase Arbeit Machtrei, que traduce : “El  trabajo los hará libres” ha permanecido intacta como el hierro que la sostiene durante 78 años. Luego de la crisis del 29, el desempleo y el hambre permitieron el engaño para conducir a los prisioneros por trenes o en carros a un lugar lleno de enormes árboles y pinos que adornan el macabro campo, que les daría mejor calidad de vida,  pero ignorantes de la tenebrosa intensión que los esperaba, el exterminio. Detrás de esa rejas que nunca volvieron a ver, fueron recibidos con una desinfección, desposeídos de todas sus pertenencias , desde sus tierras, casas, hasta la ropa que llevaban puesta, el pelo, el bigote, la barba, anillos, cadenas, fotos…. Su nombre de pila dejó de existir.  La piyama de rayas fue su vestido, su abrigo y su mortaja. La identidad se perdíó como las lágrimas en el cuello, el desconsuelo envolvía el ánimo y la depresión, el pánico de encontrarse con la muerte se apoderaban del más fuerte. Les colocaban botas número 40 y 42, y sólo un par de medias tuvieron hasta el final, así caminaban o corrían por el campo todo el día sin parar ensayando aquellas botas militares, hasta desmallar.

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Por Sachsenhausen pasaron alrededor de 30.000 prisioneros quienes fueron sometidos a trabajos forzados. Los dividieron según su oficio, o lo que sabían hacer. En un lado del campo elaboraban armas, en otro uniformes, botas, otros, ladrillos, en otro barracón cocinaban, los que no sabían nada limpiaban baños, pero siempre vigilados por los paramilitares,  grupo consolidado por el Furier para el exterminio. Llamaban “ El Capo” a un hombre escogido y sacado de las cárceles reconocido además por su crueldad y salvajismo, quien vigilaba los barracones u dormitorios . Los capos se encargaban de garantizar la vigilancia y tortura de cada 20 prisioneros, dormían en un cuarto al lado de ellos para controlar que ningún presos orinara durante la  noche . En Enero del 45 había 45 mil presos.

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Los barracones 38 y 39, como muestra la foto, aún se conservan tal cual, salvo ciertas restauraciones en el tiempo, como vestigios del infierno. Comían en un principio una sopa fría y luego sólo un pan y caldo para cada uno de ellos, de tal suerte que la desnutrición avanzaba en pocos días, debilitándolos con los trabajos forzados, siendo contagiados por  la tuberculosis, disentería, pulmonía en los inviernos como en el del año 35 que llegó a 37 grados bajo cero y , sin abrigo, fueron obligados a formar bajo la lluvia y nieve que caía durante horas. Muchos guardaban el pan pero era robado por otros prisioneros hambrientos, formándose una pelea que terminaba con el fusilamiento. El silencio y la sospecha fue eliminando la esperanza. Nadie pasaba los tres meses de vida. Algunos enfermos fueron llevados a la enfermería con el engaño de visitar al médico pero nunca regresaron al barracón. Mientras eran medidos parados sobre una pared detrás de sus  cabeza se habría un pequeño orificio por el cual salía un tiro de gracia. Así fue que se comenzó a maliciar la visita al médico o al odontólogo quien extraía sus calzas de oro, además. 

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El Universal

En los dormitorios o barracones se hacinaban los prisioneros de tal forma que las camas tenían tres pisos, los moribundos o más enfermos dormían arriba para que, cuando orinaran o defecaran, cayera a la segunda y primera cama , así se garantizaba la tortura, el maltrato y el contagio.. Las duchas eran piletas con una llave en el centro que lanzaba el agua a los condenados que se paraban alrededor. Con un verano intenso o un inclemente frío se bañaban sólo por segundos en grupos de 50.  Algunos enfermos eran fueron fusilados mientras intentaban caminar delante de todos. La crueldad y el salvajismo crecía mientras el suicidio aumentaba.

Los prisioneros que sabían de fotografía y dibujo falsificaron libras esterlinas, los que sabían de armas fabricaban las que utilizaban en otro barracón   Los capos inventaban nuevas formas de muerte, tortura y exterminio. Los que querían vivir sabían que la humillación no era más que un medio para demorar su fallecimiento unas horas y a lo mucho  algunos días. Nadie podía escapar, Sachsenhausen estaba amurallado. Con suerte muchos llegaban sólo al borde del muro cuando los esperaba una cerca eléctrica, siendo además atacados por perros pastor alemán entrenados especialmente para evitar la fuga.

La gran fosa se utilizaba para cremar los cuerpos que eran llevados por carretillas, sus cenizas fueron utilizadas para fabricar jabones y botones, así como otros elementos.  La industria de la muerte y perversidad de los capos distribuían los cuerpos en los hornos crematorios o en la gran fosa. Los presos alzaban los cadáveres, los paseaban, los enterraban, inhalaban el olor a infierno, y finamente morían.

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Las cenizas volaban por los aires, el olor a carne asada llegaba a Berlín, confirmando el temor, la ausencia y acrecentando el terror.  

Sachsenhausen conserva fotografías de algunos prisioneros, cartas a sus familias, pedazos de cuero de zapatos, platos y pocillos, aparatos diseñados exclusivamente para tortura.

Todo  allí es gris, ocre, y hasta el cielo se opaca cuando se visita el campo de concentración. Luego de   ser liberado el gheto por las tropas polacas del ejército rojo un 22 de abril, de 1945 estuvieron prisioneros los SS, los  funcionarios nazis, presos políticos condenados por el tribunal militar soviético., hoy se erigen dos monumentos a las víctimas pero la imaginación se queda corta tratando de recrear la visita al infierno. El aire corre con naturalidad cuando se atraviesa la reja que marca el regreso. Allí quedaron mis lágrimas, mi incomprensión con algunos humanos, pero me acompaña  el repudio y desprecio por aquellos neo nazis que van a los campos de concentración en busca de aprender la técnica de la mentira, el odio, la impiedad con el pobre o la fórmula de los asesinatos sistemáticos a quienes son diferentes y reclaman sus derechos., . Con esta crónica, rindo homenaje a las víctimas del holocausto del nacional socialismo de Hitler y a aquellos que hoy siguen siendo aniquilados por una doctrina falsa, con apariencia de seguridad, envenenados de racismo , perversidad e intolerancia con el otro donde sólo la muerte  nos hará libres.   

Por María Isabel Urrea Reyes. 

 

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