UN JUGUETE LLAMADO COVID-19

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Las salas de espera, los pasillos y las zonas de abordaje del Aeropuerto Internacional Eldorado, quedarán vacías durante la época de cuarentena obligatoria. 

Foto: Mauricio Moreno. EL TIEMPO

BLANCO Y NEGRO

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Por Gabriel Ortiz

Otros 20 días de cuarentena y no se sabe cuántos más. Dura noticia, para quienes se encuentran merodeando por el mundo, arrimados a familiares y amigos, ¨gorreando¨ alojamiento en caritativos hoteles o albergues, agazapados en los corredores de aeropuertos o mezclados con gentes posiblemente infectadas con Covid-19.

A las empresas aéreas, poco o nada les ha importado la suerte de quienes pagaron sus pasajes. De esos a quienes les prometieron cupos confirmados para salir y regresar a su patria -Colombia-. Ni siquiera les anunciaron que suspenderían sus vuelos, por cierre de Eldorado. La Aeronáutica, no se ha enterado de esta situación. Tampoco, se ha ¨molestado¨ en pedirle cuentas a las aerolíneas sobre la suerte de los pasajeros que hoy se encuentran errantes por el mundo.

Aparentemente la Cancillería ha echado una mirada a más de 2.600 compatriotas que deambulan por el mundo expuestos a los peligros que representa la desenfrenada coronavirus. Muchos confían en la ministra Blum, mientras contemplan mentalmente un pronto regreso a su Colombia adorada. Cada extensión de la cuarentena se convierte cuchillada para los errantes compatriotas. 

Solo Caracol, Blu, LaW, RCN y Noticias Uno en televisión, dan un poco de aliento a quienes meses atrás querían turistear o a realizar otras actividades.

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Los colombianos le piden a la aerolínea que les dé una respuesta sobre su regreso al país. Foto: Cortesía//El Tiempo.

Ni infectólogos presagiaban el desastre que como una daga amenazaba al mundo. Nadie imaginó que un virus tan insignificante, tan despreciable, tan indeseable, pusiera a esta humanidad al borde del desastre.

Tal vez se esperaba una tercera guerra, la acción un gobernante frenético lanzando un misil nuclear, o una naturaleza estremeciendo con el peor de los cataclismos, uno de los lados de la tierra. Se pensó en que el hambre y la pobreza nos aniquilaran, o que el odio, la injusticia y el deseo de riqueza y poder nos llevaran a la hecatombe.

Lo que podría ser obvio, no sucedió. Un diminuto bicho se adelantó y hoy tiene a millones de habitantes enmascarados, afiebrados, tosiendo, asfixiados o mecanorespirando y estrangulados por el pánico.

Esto no es un amago, intimidación o advertencia. La sombra del desastre cubre el planeta e invade sin distingo alguno a la humanidad. A los de arriba y a los de abajo. A esos que se creen inmortales, que no han tomado conciencia de lo que está sucediendo. Que no respetan las normas que podrían evitar el desastre, la adversidad, la devastación. 

Y para completar, los habitantes no toman conciencia de lo que está sucediendo. Poco les importan las consecuencias que trae la contravención a las normas que se imparten para evitar la contaminación general.

Se observa la alegría de los sanos, de esos que se creen indestructibles y todopoderosos.  Violan las disposiciones y se dedican a la rumba y a disfrutar de fincas y veraneaderos. Nada les importa llevar el virus a regiones y habitantes sanos. Quienes deambulan por el mundo y los que habitan Colombia, dependen de los rumberos. Covid-19 no es un juguete.

BLANCO: Hay que reconocer la labor de la llave Duque-Ruiz.

NEGRO: Que esta Semana Santa aleje la guerra que nos quieren armar con Venezuela.

Columna de Gabriel Ortiz

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