La salud mental no puede ser un lujo

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Foto ilustrativa: www.paho.org

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Mientras intentamos escapar del coronavirus detrás de muros y máscaras, hay otros males que logran colarse porque no necesitan el aire libre para circular ni se diluyen con geles o jabones. Son nuestros demonios personales que se alborotan en el encierro y nos golpean por dentro con ansiedad, insomnio, adicciones. El tremendo efecto que tiene la pandemia sobre la salud mental apenas se comienza a medir y el panorama aterra, aunque no lo veamos tan claro como cuando nos dicen que ya casi no quedan camas en cuidados intensivos.

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El Confidencial.

En un estudio reciente de la Universidad Autónoma de Barcelona, con apoyo en Colombia del Colegio de Psicología, se consultó a más de 18.000 personas. Entre otros datos, se destacan que el 35 % presentaba síntomas de depresión y el 29 %, ansiedad. Siempre ha sido más fácil entender los dolores físicos que los emocionales. Sin embargo, cuántos problemas podemos ahorrarnos en lo individual y en lo colectivo si atendemos a tiempo, con ayuda profesional, las necesidades emocionales. Pensemos en lo que habría sido de nuestra violencia si a tiempo se hubiera podido atender a tantos seres humanos afectados por estrés postraumático.

Me pregunto ahora qué va a pasar con los niños arrebatados de repente de sus amigos, su colegio, sus abuelos, sus primos. Dicen que tienen mucha capacidad de adaptación y es cierto, pero también dicen que aquello vivido en los primeros años marca para toda la vida. Pienso en la incertidumbre de los adultos que tienen la vida en suspenso. Muchos en el limbo, sin trabajo ni futuro. Desde distintas entidades han reportado incremento en el consumo de alcohol, mayores problemas de sueño, violencia intrafamiliar desbordada.

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Depositphotos.

Por fortuna muchos terapeutas profesionales han ofrecido su ayuda en un momento crítico. Voluntarios han abierto líneas de atención, grupos de apoyo. A ellos, gracias por el esfuerzo y por aportar tanto para aliviar un problema que no acabamos de entender en su real dimensión. No llevamos mapas ni estadísticas sobre cuántas personas sufren trastornos derivados del confinamiento y la crisis económica, o a cuántas con enfermedades mentales se les han agravado sus síntomas. Si lo hiciéramos, tal vez nos sorprendería y nos llevaría a mirar esto como un problema serio de salud pública.

La realidad es que el acceso a la prevención y el tratamiento cuando se trata de salud mental parece ser un servicio exclusivo para los que se pueden “dar ese lujo”. Así se considera: un lujo. No lo vemos como una urgente y un derecho que deberíamos tener todos los ciudadanos sin distinción. Tanto así que todavía muchos miran con sospecha a quien consulta a un psiquiatra o un psicólogo.

Tal vez por eso todavía muchas personas con enfermedades mentales no se atreven a decirlo, mientras que aquellas que padecen cáncer o diabetes lo comentan más tranquilas. Ahora quienes se contagian de COVID-19 también se enfrentan a la discriminación.

Ninguna enfermedad, sea física o mental, debería generar rechazo o estigmatización. Son realidades a las que nos exponemos todos los seres humanos.

Comencé a escribir esta columna hace varias semanas en una madrugada de insomnio al terminar un día de mucho estrés. La irritabilidad, el llanto frecuente, la sensación de saturación por la incertidumbre en medio de las noticias de las que no puedo escapar me alertaron. La termino días después y luego de un par de citas con una muy buena terapeuta. Yo me puedo “dar ese lujo”. Esa posibilidad debería estar abierta para todos y no basta con una línea de atención general porque muchas personas requieren tratamiento de especialistas, seguimiento de largo plazo, medicación en algunos casos.

La salud mental no puede ser un lujo, es un derecho, mucho más en tiempos de tanta incertidumbre.

Tomado de El Espectador.

 

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