La desnudez del emperador

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Foto:Las2Orillas.

El desafío del Gobierno no es la oposición, es que la gente que ya no tiene motivos para respetarlo.

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19 de julio 2020 , 11:57 p.m.

La euforia oficial generada por unos resultados aparentemente positivos de favorabilidad del gobierno Duque, aparecidos en una encuesta, se le sintió bastante forzada. Se entiende. No les queda fácil a los funcionarios públicos tapar el sol con las manos. Los resultados objetivos y cuantitativos, en todos los frentes, no dan demasiado espacio para pintar pajaritos de oro.

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A hoy, Colombia registra 248.976 casos y con el promedio diario de contagios (más de 7.000) el país superaría a España y Reino Unido/La República/17 de julio 2020.

Las políticas para enfrentar el coronavirus han fracasado estrepitosamente. Hoy se superará la cifra de los cien mil casos. En la gente solo queda una sensación generalizada de confusión, caos, desespero, desamparo y desgobierno. Y, más peligroso aún, de ira, rabia e impotencia. Un malestar de esa naturaleza en un entorno de recorte de libertades públicas y de silencio e indiferencia de los actores políticos crea inevitablemente severos riesgos para la paz social y la estabilidad institucional.

Es precisamente ese contexto el que induce a quienes tienen una agenda política de oposición al sistema y aquellos que luchan por su transformación por la vía armada, que no es lo mismo, a aprovechar al máximo la coyuntura para avanzar en sus intereses. El fracaso al enfrentar un desafío que paradójicamente no tuvo origen en las falencias históricas del Estado abre las puertas para que los enemigos del ‘statu quo’ utilicen las circunstancias para asestar golpes a la continuidad del régimen y a la estabilidad de la democracia.

El Gobierno se equivoca en creer que su principal desafío es la oposición. El problema real es que la gente, el pueblo, la sociedad, las clases populares –escojan ustedes la definición– ya no tienen ningún incentivo para respetar a un gobierno, para creerle a un presidente o para acatar a un Estado que les ha fallado de una manera tan catastrófica durante la pandemia. Es ese sentimiento, que avanza como una marea incontenible, el verdadero riesgo para las instituciones. No lo son ni Petro ni el Eln.

El Presidente tiene dos opciones, como las tuvo el famoso emperador a quien convencieron de que quien no viera su costosísimo vestido nuevo era un ignorante o un incompetente. O acepta que lo están engañando sus sastres de confianza con el oscuro objetivo de mantenerse en el poder y que en realidad se encuentra totalmente desnudo, o desconoce la realidad y se comporta convencido de que está ciñendo elegantes prendas y, por lo tanto, quienes señalen su ausencia de vestiduras, sus empelotes, son unos ignorantes. Hasta ahora ha escogido a sus perversos sastres. Y cada vez más colombianos se percatan, perplejos, de su desnudez.

Ante la gravedad de la situación y la magnitud de las amenazas al reino, sin duda los súbditos recibirían con júbilo un reconocimiento a sus equivocaciones. Su majestad debería arroparse en otros trajes, en otras texturas, en otros hilos menos finos y más abrigadores, aconsejado por sastres solidarios que, sin duda, correrían en su ayuda si así lo permitiera esa corte cerrada, autosuficiente y arrogante que lo rodea. Y que lo mantiene expuesto.

En vez de buscar que los nobles y las élites lo protejan, con la poca autoridad que hoy pueden esgrimir los mercaderes, el emperador debe acudir al pueblo y a sus voceros. La nueva legislatura, en la práctica la última de este gobierno, y el hecho de que ya se enfrenta al dilema de definir cuál será su legado para la historia, indicaría que el emperador tiene una oportunidad excepcional de cambiar de rumbo. Y estoy seguro de que la inmensa mayoría de los colombianos, hoy amedrentados y refugiados en sus casas y en su desconcierto, acogerían ese llamado como un bálsamo.

No hay que tener consideraciones con aquellos sastres que lo han dejado expuesto, con sus vergüenzas al aire.

‘Dictum’. La vacuna contra el covid es un bien público de la humanidad que no puede ser usado como arma geopolítica. Esa debe ser prioridad de la política exterior.

GABRIEL SILVA LUJÁN

Tomado de El Tiempo.

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