Nada borra el dolor

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Diana López Zuleta tenía diez años cuando a su papá lo abalearon en la oficina del hotel Iparu.

Foto:Liliana Toro – Cortesía Planeta

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Por: Juan David Correa
13 de septiembre 2020 , 02:43 a. m.

Tal vez uno de los momentos más conmovedores de Lo que no borró el desierto, de Diana López Zuleta (Planeta, 2020), ocurre cuando su protagonista tiene 19 años y llega a vivir a Bogotá para comenzar su vida laboral. Los fantasmas que la habitaron desde que su padre, Luis López, fuera asesinado en 1997, en el pequeño municipio de Barrancas, La Guajira, se despliegan como un manto siniestro. Las calles son angustiosas, como en una pintura de Janco. Todo parece borroso, precario, enrevesado. Ella está sola, no hay nadie que pueda entender lo que carga a cuestas desde los diez años. Ha llegado a un lugar inhóspito desde donde podrá comenzar, aún sin saberlo, el proyecto de su vida.

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Durante tres días leí de a pocos este libro que me dejó estupefacto. Aunque los medios lo han ido reseñando, me da la sensación de que se han quedado cortos en la descripción y en la lectura pues se ha insistido en que este es el libro de una hija en busca de los asesinos de su padre. Pienso en cambio que este es un libro sobre todos nosotros. Sobre quienes hemos visto el horror de un país que se quedó huérfano por la ambición del dinero y la burocracia como única salida al desempleo. Sobre quienes hemos perdido –que somos todos– con lazos filiales o no.

Este libro tiene un valor moral y literario sin igual. Ella tenía diez años cuando a su papá lo abalearon en la oficina del hotel Iparu. Un sicario le descerrajó una bala que le perforó la arteria aorta por la cual se desangraría en un terrible recorrido entre Barrancas y Valledupar por carreteras desesperadas. Su cuerpo fue transportado en una camioneta que, después se supo, pertenecía al determinador de su asesinato: el exgobernador de La Guajira ‘Kiko’ Gómez, condenado a cuarenta años de prisión después de una lucha consignada, a pesar de toda la adversidad, en este impecable texto.

Diana López documenta con su memoria, primero, después con la de los suyos –su madre, sus tías, la familia, los viejos periódicos–, pero al entender que no era suficiente, se convierte en parte civil de una denuncia en contra de Gómez, y tras un juicio de tres años, acude a los expedientes no solo para hablarnos de la injusticia y el dolor de su caso, sino para enseñarnos que aunque sea complejo, confiar en la justicia es el único camino que tienen víctimas como ella.

Durante muchas páginas la imaginé sentada en un juzgado, escuchando la arrogancia de Gómez y de sus áulicos, saliendo a las calles de una ciudad que no es amable ni hospitalaria a pesar de estar hecha de la multiplicidad de gentes venidas de todos los territorios de Colombia, consignando de a pocos una experiencia que gracias a ella no perdimos.

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Gonzalo Guillén/El Espectador

Y gracias a lo que cuenta nos sentimos menos solos en esta incertidumbre a la que nos somete un país llamado Colombia, donde las más de 55 masacres y los asesinatos son moneda corriente en este año en que, además de la pandemia, seguimos conociendo el horror de la violencia y la incapacidad de abrazar los acuerdos de paz como único camino posible para la reconciliación. Como dice el inspirador de este libro, el periodista Gonzalo Guillén, quien impulsó y acompañó a Diana siempre: el poder necesita que se le tema pues cuando se pierde el miedo queda desnudo.

Tomado de El Tiempo.

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