Con aire de novela

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15 Noviembre, 2020

Por RICARDO SÁNCHEZ ÁNGEL

el papel periodico - Con aire de novela

Profesor emérito, Universidad Nacional. Profesor titular, Universidad Libre

 

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Foto: Juan Esteban Quintero – Pacifista!

Este libro de Diana López Zuleta es una historia de amor, la suya, única e irrepetible. Esto es lo que, para mí, lo hace maravilloso. La escritora se impone sobre la periodista, la pone a su servicio, como debe ser. Así se trate, como en este caso, del más exigente periodismo.

Es el amor de niña por su padre, brutalmente asesinado en un entramado tenebroso de corrupción, crímenes, impunidad, olvido, a lo que 

 se suma el reinado de la violencia paramilitar y mafiosa, y su socio implacable, el miedo. El terror sin fin.

Todo esto sucede en La Guajira y en el Cesar colombianos. En verdad, en la Costa y el Caribe, pero guarda semejanzas con otras regiones del país. Es lo que sucede, como peste abrasadora, en los años 90, en el fin de siglo, y que continúa en el presente.

Pero ese amor de niña se lo quitaron dolosamente, aunque se mantuvo vivo por años, brotando desde su interior lacerado con una tenacidad a toda prueba. Pero será ya un amor triste, desgarrador, que solo se ilumina en relámpagos del grato recuerdo de la presencia del más bello personaje en la existencia de la escritora. Literatura triste y de dolor convertido en el duro aprendizaje de la vida en templanza, estoicismo y pasión por los dos valores que su conciencia forjó como carácter: la verdad hasta el final sobre el horrendo crimen y la justicia para el asesino de Luis López Peralta. Se trata de Francisco “Kiko” Gómez, el gobernador de La Guajira, terrateniente y jefe paramilitar, quien fue condenado por una estela de crímenes con una pena de 88 años.

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Diana López Zuleta, estudió periodismo para acusar al asesino de su padre y logró que lo condenaran en Colombia/BBC Mundo en Colombia.

Lo que logró Diana López es insólito en un país gobernado por la impunidad. Reivindicó el nombre de su padre plenamente, demostrando la valía de su vida como político y vecino del pueblo.

Con aire de novela, la autora construye un cuadro de costumbres regionales que gravitan en el relato de la sagrada familia, la que es sometida al escrutinio de su mirada crítica: madre, hermanos, la amplia parentela y los amigos. Aquí, está el ajuste de cuentas con esa cultura patriarcal, con esos descarados hábitos machistas, que también involucran a su padre. Diana López no juzga, pero sí comprende críticamente las dimensiones de este anacronismo y lo devela. La descripción de los personajes de la aldea grande de Barrancas es minuciosa e incluye su propia personalidad, la cual desnuda con todas sus carencias. Al igual que se describe el paisaje ambiental y social, que es un sello de su arte de narrar y evocar.

Es una crítica de costumbres regionales en que la vorágine de las violencias lo envuelve todo. Se trata de una obra de estructura ágil y con el encantador artificio de la intriga, que mantiene al lector en vilo. Es, por supuesto, testimonial y de denuncia plena.

La dimensión que adquirió la tragedia en todas sus formas lleva a la autora a la denominación de los aparatos de fuerza del crimen como un para-Estado, para darle más consistencia a su relato. Al mismo tiempo, en forma amplia, destaca la labor de fiscales y jueces que procesaron y condenaron al nefasto personaje y a algunos de sus secuaces. Lo que Diana López logra es mostrar el campo del derecho como de lucha de intereses, en que aún, cuando muchas veces ganan los poderosos y la sociedad criminal, también a veces ganan las víctimas, como en el caso de Luis López Peralta y muchos más, que suman centenares.

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Planeta de Libros

La autora traza el perfil del gran asesino. Su descripción física, su estatura y gordura, y además sus maneras cortesanas en los círculos sociales y su vestuario. También sus parrandas y cómo actuaba en la planeación de los asesinatos, los cuales banalizaba, pero celebraba en jolgorio. Un esperpento.

La autora en su pesquisa aborda la personalidad psicológica, y después de consultar expertos, denuncia el carácter psicópata que ostenta el gran asesino. Capaz de matar y luego hipócritamente lamentar y enterrar a las víctimas, a la manera de un mafioso tropical.

El entramado criminal, con el protagonismo de Kiko Gómez, fue desenmascarado en el juicio. Por fin, se atendieron las plegarias de indignación de Diana López y las demás víctimas. Pero ella no se limita a singularizar al personaje de marras, sino que lo ubica como quien agencia relaciones de poder que dominan la vida cotidiana y sus costumbres, como una marioneta en el teatro de la tragedia en pleno desarrollo, pero que no quiso ni tuvo la voluntad de contrariar ese destino miserable, como es el deber de cualquier humano. Ahí está su repugnancia.

¿Y qué fue lo que no borró el desierto? La autora lo responde así: “La verdad escondida y silenciada fue lo que no borró el desierto”.

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López Zuleta, Diana. Lo que no borró el desierto. Así desenmascaré al asesino de mi padre. Bogotá: Planeta, 2020.

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