Crece movimiento juvenil mundial que exige medidas urgentes contra los nocivos efectos del cambio climático.

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Foto:Colombia.com

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Hay dos números relacionados con el cambio climático que conviene conocer. El primero es 51.000 millones. El segundo es cero.

Cincuenta y un mil millones es el número aproximado de toneladas de gases causantes del efecto invernadero que el mundo aporta cada año a la atmósfera. Aunque la cifra puede aumentar o disminuir ligeramente de un año al otro, por lo general tiende a crecer. Esta es la situación en la actualidad.

Cero es la cantidad a la que debemos aspirar. Para frenar el calentamiento y prevenir los peores efectos del cambio climático —que serán muy nocivos—, los humanos debemos dejar de emitir gases de efecto invernadero a la atmósfera.

Si esto parece complicado es porque lo será. El mundo jamás ha acometido una tarea tan colosal. Todos los países tendrán que modificar su manera de hacer las cosas. Prácticamente la totalidad de las actividades de la existencia contemporánea conllevan la liberación de gases de efecto invernadero y, a medida que pase el tiempo, más personas accederán a este estilo de vida. Esto es positivo, pues significa que las condiciones en que vive la gente van mejorando. Sin embargo, si no modificamos otros factores, el mundo seguirá produciendo gases de efecto invernadero, el cambio climático continuará empeorando y su impacto sobre la humanidad será con toda seguridad catastrófico.

No obstante, esto puede cambiar. Creo que es posible modificar varios factores. Ya disponemos de algunas de las herramientas que necesitaremos y, en cuanto a las que aún no tenemos, todo lo que he aprendido acerca del clima y de la tecnología me lleva a ser optimista sobre nuestra capacidad de inventarlas, implementarlas y, si actuamos con suficiente rapidez, evitar un desastre climático.

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(Photo by Mike Cohen/Getty Images for The New York Times)

Este libro trata sobre lo que habrá que hacer y las razones por las que creo que podemos conseguirlo.

Hace dos décadas no imaginaba que algún día hablaría en público sobre el cambio climático, y mucho menos que escribiría un libro al respecto. Mi experiencia profesional gira en torno al software, no a la climatología, y en la actualidad colaboro a tiempo completo con mi esposa, Melinda, en la Fundación Gates, donde centramos todos nuestros esfuerzos en la salud global, el desarrollo y la educación en Estados Unidos.

Llegué a interesarme por el cambio climático de manera indirecta, a través del problema de la pobreza energética.

En los primeros años del siglo XXI, cuando nuestra fundación apenas arrancaba, comencé a viajar a países de rentas bajas del África subsahariana y el sur de Asia para aprender más acerca de la mortalidad infantil, el VIH y otros graves problemas contra los que luchábamos. Sin embargo, no me centraba exclusivamente en las enfermedades. Cuando volaba a ciudades importantes, miraba por la ventanilla y me preguntaba: «¿Por qué está tan oscuro ahí fuera? ¿Dónde están todas las luces que vería si sobrevolara Nueva York, París o Pekín?».

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Lagos/Twitter.

En Lagos, Nigeria, recorrí calles sin alumbrado donde la gente se acurrucaba alrededor de hogueras que habían encendido en viejos bidones metálicos. En aldeas remotas, Melinda y yo conocimos a mujeres y niñas que se pasaban el día recogiendo leña para cocinar a llama viva en sus hogares. Conocimos a niños que hacían los deberes a la luz de las velas porque no tenían electricidad en casa.

Descubrí que cerca de mil millones de personas carecían de un suministro eléctrico fiable y que la mitad de ellas vivían en el África subsahariana. (El panorama ha mejorado un poco desde entonces; en la actualidad, aproximadamente 860 millones de personas no tienen electricidad.) Pensé en el lema de nuestra fundación —«Todo el mundo merece la oportunidad de llevar una vida sana y productiva»— y en lo difícil que resulta cuidar la salud cuando el ambulatorio local no mantiene las vacunas refrigeradas porque a menudo las neveras no funcionan. Cuesta ser productivo cuando uno no dispone de la luz suficiente para leer. Y es imposible desarrollar una economía que brinde oportunidades laborales a todos sin grandes cantidades de energía eléctrica fiable y asequible para oficinas, fábricas y servicios de atención telefónica.

Por la misma época, el científico ya fallecido David MacKay, profesor de la Universidad de Cambridge, compartió conmigo un gráfico que reflejaba la relación entre ingresos y uso de energía; entre la renta per cápita de un país y la cantidad de electricidad que consumen sus habitantes. El esquema, en el que la renta per cápita aparecía representada por el eje horizontal, y el consumo de energía, por el vertical, dejaba patente que ambos factores están estrechamente relacionados.

Mientras asimilaba toda esta información, empecé a pensar en cómo podía ingeniárselas el mundo para ofrecer energía barata y eficiente a los pobres.

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Exiom Group | Energia para los mas pobres

Algo que me quedó muy claro fue que las fuentes de energía renovable actuales —eólica y solar, sobre todo— podían ayudar en buena medida a reducir el problema, pero que aún no estábamos haciendo lo suficiente por implementarlas.

También me quedó claro por qué no bastan por sí solas para llevarnos hasta las cero emisiones. El viento no sopla en todo momento ni el sol brilla las veinticuatro horas, y no disponemos de baterías asequibles capaces de almacenar las cantidades de energía que requiere una ciudad durante el tiempo necesario. Además, la producción de electricidad solo representa el 27 por ciento de todas las emisiones de gases de efecto invernadero. Aunque lográramos grandes avances en materia de baterías, tendríamos que lidiar con el 73 por ciento restante.

En apenas unos años, he llegado a tres conclusiones:

1.Para evitar un desastre climático, tenemos que alcanzar las cero emisiones.

2.Debemos aplicar las herramientas de las que ya disponemos, como las energías solar y eólica, de manera más rápida e inteligente.

3.Debemos crear y comercializar tecnologías de vanguardia que nos ayuden a lograr nuestro objetivo.

Los argumentos en favor del cero eran, y siguen siendo, de lo más sólidos.

Gases de efecto invernadero 300x196 - Crece movimiento juvenil mundial que exige medidas urgentes contra los nocivos efectos del cambio climático.
EL ÁGORA DIARIO.

Si no dejamos de aportar gases de efecto invernadero a la atmósfera, la temperatura continuará subiendo. Hay una analogía especialmente iluminadora: el clima es como una bañera que se llena poco a poco de agua. Incluso si reducimos el chorro a un hilillo, el agua acabará por rebasar el borde y derramarse. Ese es el desastre que tenemos que evitar. Imponernos el objetivo de reducir nuestras emisiones —pero no eliminarlas— no bastará. El único objetivo sensato es alcanzar el cero. (En el capítulo 1 explico con más detalle a qué me refiero con ello y cuál sería el impacto sobre el cambio climático).

Sin embargo, en la época en que me enteraba de todo esto, no estaba buscando otro tema en el que volcarme. Melinda y yo habíamos decidido formarnos a fondo, contratar a equipos de expertos e invertir nuestros recursos en los ámbitos de la sanidad y del desarrollo a nivel mundial, así como en la educación en Estados Unidos. Además, había observado que muchas personas famosas estaban poniendo el foco sobre el cambio climático.

. Como parte de este movimiento, el periódico británico The Guardian lanzó una campaña que instaba a nuestra fundación a liquidar la pequeña fracción de activos que tenía invertida en compañías que explotaban esta clase de combustibles. Crearon un vídeo en el que aparecían personas de todo el mundo que me pedían que desinvirtiera.

Entendía por qué The Guardian había dirigido sus críticas a nuestra fundación y a mí en concreto. Además, la entrega de los activistas despertaba mi admiración; había sido testigo de las protestas estudiantiles contra la guerra de Vietnam, y más tarde contra el régimen del apartheid de Sudáfrica, y sabía que habían conseguido cambios reales. Resultaba estimulante ver esa clase de energía dirigida contra el cambio climático.

India, por ejemplo, tiene una población de 1.400 millones de personas, muchas de las cuales se cuentan entre las más desfavorecidas del mundo.

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El País.

No me parecía justo que les dijeran que sus hijos tendrían que estudiar sin luz eléctrica o que miles de indios estaban condenados a morir a causa de las olas de calor porque los aparatos de aire acondicionado son dañinos para el medio ambiente. La única solución que se me ocurría era generar energía limpia a un coste tan bajo que todos los países la prefirieran por encima de los combustibles fósiles.

Por muy admirable que me resultara el fervor de los manifestantes, no creía que la desinversión por sí sola bastara para detener el cambio climático o ayudar a la gente de los países pobres. Una cosa era desinvertir en empresas para combatir el apartheid, una institución política susceptible de ceder a la presión económica (como de hecho ocurrió), y otra muy distinta transformar el sistema energético del mundo —un sector valorado en cerca de cinco billones de dólares al año y que constituye la base de la economía moderna— simplemente vendiendo las acciones de las compañías de combustibles fósiles.

Me sentiría culpable si me beneficiara de un retraso en la eliminación de las emisiones. Así que en 2019 vendí todas mis participaciones directas en compañías de petróleo y gas, y lo mismo hizo el fideicomiso que administra los fondos de la Fundación Gates. (Ya hacía años que yo había retirado mis inversiones en empresas de carbón).

Se trata de una decisión personal que tengo la suerte de poder tomar. Sin embargo, soy muy consciente de que no repercutirá de un modo real en la reducción de emisiones. Llegar al cero requiere un enfoque mucho más amplio: el impulso de un cambio completo por medio de todos los instrumentos a nuestra disposición, como las políticas gubernamentales, la tecnología actual, los inventos nuevos y la capacidad de los mercados privados para distribuir productos a cantidades ingentes de personas.

A finales de 2015 surgió una ocasión propicia para exponer argumentos en favor de la innovación y las nuevas inversiones.

Las reacciones me llenaron de alegría. El primer inversor contestó que sí en menos de cuatro horas. Cuando, dos meses después, se inauguró la cumbre de París, se habían sumado veintiséis más a lo que habíamos bautizado como Breakthrough Energy Coalition [coalición para el progreso energético].

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Tiempo.com

En la actualidad, la organización cuenta con programas filantrópicos, acciones de defensa y fondos privados que han invertido en más de cuarenta empresas de ideas prometedoras.Los gobiernos también pusieron de su parte. En París se reunieron veinte jefes de Estado que se comprometieron a doblar el presupuesto para la investigación. El presidente Hollande, el presidente estadounidense Barack Obama y el primer ministro de India, Narendra Modi, habían desempeñado un papel decisivo en la materialización del acuerdo; de hecho, fue el primer ministro Modi quien dio con el nombre: Mission Innovation. Actualmente la iniciativa engloba a veinticuatro países, y la Comisión Europea ha desbloqueado 4.600 millones de dólares anuales en dinero nuevo para la investigación en energías limpias, lo que supone un incremento de más del 50 por ciento en apenas unos años.

El siguiente punto de inflexión en este relato resultará tristemente familiar a todos los lectores.

En 2020, la humanidad sufrió un duro golpe cuando un nuevo coronavirus se propagó por el mundo.

Por desgracia, el mundo apenas se preparó, de modo que, cuando apareció el nuevo coronavirus, trajo consigo una mortandad enorme y pérdidas económicas sin precedentes desde la Gran Depresión. En noviembre de 2020, habíamos destinado más de 445 millones de dólares en subvenciones para la lucha contra la enfermedad y cientos de millo nes más a través de distintas inversiones para llevar más rápido vacunas, tests y otros productos fundamentales a países con escasos recursos.

Pensemos en el precio que hemos pagado por esta reducción del 5 por ciento.

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gettyimages

Han fallecido un millón de personas, y 10 millones se han quedado sin empleo. Por decirlo con suavidad, se trata de una situación que nadie querría prolongar o repetir. Y, aun así, las emisiones de gases de efecto invernadero seguramente se han reducido solo un 5 por ciento, tal vez menos. Lo que me llama la atención no es dicha disminución, sino lo leve que ha sido.

Este ligero decrecimiento de las emisiones demuestra que utilizar menos el coche y el avión no bastaría para alcanzar la meta del cero, ni siquiera sería el factor más determinante. Del mismo modo que necesitamos nuevas pruebas, tratamientos y vacunas para combatir la COVID19, también necesitamos nuevas herramientas para luchar contra el cambio climático: maneras de generar electricidad, fabricar cosas, cultivar alimentos, caldear o enfriar el interior de los edificios, y transportar a personas y mercancías por el mundo, todo ello con huella de carbono cero. Asimismo, precisamos nuevos tipos de semillas y otras innovaciones para ayudar a las personas más desfavorecidas del planeta —muchas de las cuales son pequeños agricultores— a adaptarse a un clima más caluroso.

Tengo claro que no soy la persona más indicada para transmitir mensajes sobre el cambio climático. En el mundo no escasean los hombres ricos con ideas ambiciosas respecto a lo que deberían hacer los demás o con la convicción de que la tecnología puede arreglarlo todo. Además, soy propietario de grandes casas y vuelo en aviones privados —de hecho, viajé en uno a París para participar en la conferencia sobre el clima—, de manera que ¿qué derecho tengo a sermonear a nadie acerca del medio ambiente?

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El Confidencial

Me declaro culpable de los tres cargos.

No puedo negar que soy un tipo adinerado con una opinión. Sin embargo, creo que se trata de una opinión bien fundamentada, y siempre procuro informarme mejor.

Por otro lado, soy tecnófilo. Cuando se me presenta un problema, siempre busco remedio en la tecnología. Por lo que respecta al cambio climático, sé que la innovación no es lo único que necesitamos. Pero sin ella no lograremos que la tierra siga siendo habitable. Las soluciones técnicas no bastan, pero son necesarias.

Por último, es cierto que mi huella de carbono es desorbitada. Me he sentido culpable por ello durante mucho tiempo. Ya era consciente de lo elevadas que son mis emisiones, pero trabajar en este libro me ha abierto aún más los ojos respecto a mi responsabilidad de reducirlas. Disminuir mi huella de carbono es lo menos que cabe esperar de alguien en mi posición a quien le preocupa el cambio climático y que hace llamamientos públicos a la acción

En 2020 empecé a adquirir combustible de aviación sostenible y en 2021 habré compensado por completo las emisiones de mi familia en ese aspecto. Para el resto, intento contrarrestar nuestra huella a través de una empresa que cuenta con una planta que absorbe el dióxido de carbono del aire (si quieres saber más acerca de esta tecnología, llamada «captura directa de aire», ve al capítulo 4). También apoyo a una organización sin ánimo de lucro que instala sistemas de energía limpia en viviendas asequibles en Chicago. Además, continuaré buscando otras maneras de aminorar mi huella particular.

Por otra parte, invierto en tecnologías neutras en carbono. Me gusta pensar que eso contrarresta parte de mis emisiones. He destinado más de mil millones de dólares a iniciativas que confío en que ayuden al mundo a alcanzar la meta del cero, entre ellas la generación de energía limpia y fiable, así como la fabricación baja en emisiones de carbono de productos tales como el cemento, el acero y la carne, entre otros. Y no sé de nadie que invierta más en tecnologías de captura directa de aire.

Este libro propone una vía para avanzar, una serie de pasos que podemos dar para maximizar nuestras probabilidades de evitar un desastre climático.

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Ciudadanos de todo el mundo quisieron enviar un contundente mensaje a los políticos: “Pónganse a trabajar”. Ese fue uno de los lemas más repetidos. “No es tiempo ni lugar para sueños. ¡Es tiempo de despertar!, se leía en uno de los carteles de protesta en Santiago de Chile./GETTY IMAGES.

La buena noticia: podemos lograrlo. En los capítulos 4 a 9 analizo los campos en que la tecnología actual puede resultar útil y aquellos otros que requieren avances importantes. Será la parte más larga del libro, pues son muchos los temas que hay que cubrir. Algunas soluciones que tenemos que implementar a gran escala ya existen, pero también necesitamos desarrollar un montón de innovaciones y difundirlas por el mundo en pocas décadas.

Medidas que podemos tomar ahora. He escrito este libro porque no solo tengo claro el problema del cambio climático, sino también la posibilidad de resolverlo. No se trata de un optimismo iluso; ya cumplimos con dos de las tres condiciones necesarias para llevar a buen término cualquier tarea de envergadura. En primer lugar, tenemos empeño, gracias a la pasión de un movimiento mundial creciente liderado por jóvenes profundamente preocupados por el cambio climático. En segundo lugar, nos fijamos metas cada vez más ambiciosas para solucionar el problema a medida que más dirigentes nacionales y locales de todo el mundo se comprometen a arrimar el hombro.

Solo nos falta la tercera condición: un plan preciso para alcanzar dichas metas.

Del mismo modo que nuestros objetivos se basan en lo que nos dice la climatología, cualquier plan práctico para reducir las emisiones tiene que basarse en distintas disciplinas: física, química, biología, ingeniería, ciencias políticas, economía y finanzas, entre otras. Así pues, en los últimos capítulos, propondré un plan fundamentado en las recomendaciones que me han hecho expertos de todos estos campos. En los capítulos 10 y 11 me centraré en las políticas que pueden adoptar los gobiernos; en el capítulo 12 propondré una serie de pasos que todos podemos seguir para ayudar al mundo a alcanzar la meta del cero.

Tanto si eres una autoridad gubernamental, un empresario o un votante muy ocupado y con muy poco tiempo libre (o las tres cosas a la vez), puedes hacer algo para contribuir a evitar un desastre climático.

Tomado de NATIONAL GEOGRAPHIC, España

 

 

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